jueves, 8 de julio de 2010

II Jornadas del Litoral- "Una posible situación del síntoma en Freud" -Claudia Espinola




Una posible situación del síntoma en Freud

Por Claudia Espínola (IOM, Delegación Posadas)

Acerca del título, quiero apuntar que utilizo la palabra “situación”, de manera ambigua: en el sentido de “condición de valor” que adquiere en la Obra freudiana; y en el sentido de “estado de cosas”, localizando ciertos puntos de importancia.
Me propongo, entonces, hacer un pequeño recorrido, y ubicar en determinados textos: el lugar que le da Freud al síntoma, cómo lo define y, en cierta forma, dar pie a pensar qué actualidad tiene; con la hipótesis de que Freud lo problematiza, teoriza y hace de él una clínica, “la huella clínica a seguir” (como dice Miller).
Para situar un punto de partida en este recorrido, propongo tomar un texto que se encuentra entre las publicaciones consideradas prepsicoanalíticas.
En 1886[1] en Observación de un caso severo de hemianestesia en un varón histérico, Freud -todavía muy influenciado por Charcot- para hablar de síntoma, describe fenómenos físicos, y busca lo que tienen de similar con otros pacientes diagnosticados de histeria. En este momento, Freud tiene la idea de que no se trata de un caso raro, sino más bien lo considera “de muy común y frecuente ocurrencia, aunque a menudo se lo pueda pasar por alto”.
Encuentra casos que no hallan explicación en los habituales paradigmas de la época. Desprende la histeria del sustrato fenomenológico de donde se toma su nombre: Hysteron (útero), y puede decir, por tanto, que la histeria en el hombre es más común de lo que se piensa.
Resulta que con ello, Freud está mostrando a la sociedad vienesa de su época -y particularmente a la Sociedad de Medicina-, lo que había aprendido con Charcot, encontrándose con una oposición tanto epistémica como práctica -porque cuenta que, efectivamente obstaculizaron sus presentaciones, y le negaron el acceso al laboratorio de anatomía cerebral, razón por la cual no tenía dónde dictar su curso.
A esto se agrega su convicción de que, si quería conocer sobre “los enfermos nerviosos”, debía tratarlos, ofrecer una terapéutica. Entonces, narra en su Presentación autobiográfica[2] (1925), cómo de esta manera fue llevado a retirarse de la vida académica.
Comenta su incursión en los métodos hipnótico y catártico, hasta que halla uno más adecuado a lo que estaba descubriendo: el método del psicoanálisis, al cual considera “arduo, pero enteramente confiable” para la investigación y tratamiento de las neurosis.
Desde los Estudios sobre la histeria (1895) Freud se interesa en descubrir la “etiología” de los síntomas, destacando el “trauma como condición indispensable”, y el “valor de la vida afectiva”. Allí tiene una idea de síntoma, como el resultado de la trasposición de un volumen de energía que es empleado en la conversión, y dirá luego que se conjugan en él ciertos “actos anímicos inconcientes y susceptibles de conciencia”[3]. En este momento, aún no le da gran importancia al papel de la sexualidad en su génesis, aunque empieza a percatarse de ello –lo cual se convierte en una de las razones que provocan la ruptura con Breuer.
La preocupación de Freud, en relación al síntoma, pasa por encontrar una hipótesis teórica, que pueda dar explicación a los fenómenos que estaba descubriendo en los relatos de sus pacientes.
A partir de ellos (tales relatos) en adelante se empeñará en mostrar, no sólo la significatividad que adquiere la sexualidad en la etiología de las neurosis, sino también que ella difiere, radicalmente, de la genitalidad.
En un primer momento, él se adhiere a estos hechos relatados, como vividos realmente, y parece decepcionarse cuando constata que no siempre lo son, pero pronto descubre que es indiferente que los mismos hayan ocurrido o sean producto de la fantasía –a la que supone una realidad psíquica.
Continuando con este recorrido, vemos que en el Caso Dora, a Freud le interesa mostrar que “la sexualidad constituye la clave para el problema de las neurosis”. Ella “presta la fuerza impulsora para cada síntoma singular y para cada exteriorización singular de un síntoma”. Por lo que el síntoma, en suma, puede ser considerado como “la práctica sexual de los enfermos”[4].
Entonces, lo que se encuentra como núcleo, y que está “determinando” los síntomas de Dora, es la sexualidad –dice Freud- “el grano de arena en torno del cual el molusco forma la perla”.
En igual tono plantea al síntoma en Tres ensayos…-texto también publicado en 1905- donde dice: “estas psiconeurosis, descansan en fuerzas pulsionales de carácter sexual”.
Destaca firmemente que “la energía de la pulsión sexual (…) es la única fuente energética constante de las neurosis, y la más importante”, de manera que la vida sexual de las personas afectadas, en cierta forma, se pone de manifiesto en sus síntomas.
Freud sigue la premisa de que un síntoma es “el sustituto” o “trascripción de una serie de procesos anímicos investidos de afecto, deseos y aspiraciones, a los que en virtud de (…) la represión se les ha denegado (…) el acceso a su tramitación, en una actividad psíquica susceptible de conciencia”, por tanto buscarían una expresión o “descarga proporcionada a su valor afectivo” (en el caso de la histeria la encuentra en la conversión). Ahora bien, Freud encuentra promisorio servirse de una técnica, con la cual supone posible “retransformar los síntomas en representaciones devenidas concientes, investidas de afecto”[5] y conseguir asimismo conocer esas formaciones psíquicas antes inconcientes. Vale decir, plantea el tratamiento de hacer conciente lo inconciente, por medio de la palabra, la asociación de ideas, aunque va encontrando obstáculos a su paso.
Uno de ellos, fue encontrarse con lo resistentes al tratamiento, que son los síntomas. No conseguía eliminarlos fácilmente.
En sus Cinco conferencias sobre psicoanálisis (1910/1909) también señala a “los síntomas neuróticos” como un “refugio” o huida de la realidad insatisfactoria, con los que alguien encuentra “una satisfacción sustitutiva de la denegada” –sustitutiva, pero no por ello menos satisfactoria. Y dice “que la resistencia que se opone a la curación no es simple” porque: por un lado, el enfermo se muestra renuente a resignar las represiones mediante las cuales ha escapado a sus disposiciones originarias, y por otro, las pulsiones sexuales tampoco quieren renunciar a su satisfacción sustitutiva, “que nunca deja de aportar al enfermo una ganancia de placer” vía la regresión “a fases anteriores de la vida sexual que en su momento no carecieron de satisfacción”. Freud, arguye que esta regresión es doble: “temporal, pues la libido retrocede a estadios de desarrollo anteriores, y formal, porque para exteriorizar esa libido se emplean los medios originarios y primitivos de expresión psíquica. Pero ambas clases de regresión apuntan a la infancia y se conjugan para producir un estado infantil de la vida sexual”.
En otro orden de cosas, había dicho anteriormente, que Freud suele expresarse en términos de la frecuencia con que se topa con síntomas neuróticos, apuntando al armado de una casuística (en función de formular hipótesis teóricas), pero a la vez, preguntándose acerca de la legitimidad que tendría extender los entendimientos de un caso, a otros de la misma índole. Compara y opone la individualidad de los síntomas, a la tipicidad.
En la Conferencia Nº 17, “El sentido de los síntomas”[6], Freud subraya que, el psicoanálisis arranca en el lugar donde la psiquiatría prefiere no meterse y más bien dejar de lado, es decir, en la “manifestación y contenido del síntoma individual”, otorgando gran importancia a la “riqueza de sentido, que se entrama con el vivenciar” del sufriente. Este vivenciar hace referencia al modo en que, ciertos hechos, son experienciados –mezcla de realidad práctica y fantasía.
En dicha Conferencia, Freud sugiere la posibilidad de que los síntomas llamados típicos, en apariencia similar a otros, también pudieran entramarse en un “vivenciar típico en sí mismo”. Tiene la idea de que este vivenciar sería común, mítico/originario, a todos los hombres; y por este lado pensará a las fantasías originarias, como Universales, las cuales estarían en el lugar de las “vivencias infantiles” relatadas por los pacientes.
Por otro lado, plantea que de todas maneras, cada síntoma reclama interpretaciones diferentes, aunque por un momento la singularidad pareciera desvanecerse o soslayarse en esas similitudes que ofrece la tipicidad.
Entonces, no hay sentido común en los síntomas, si hacemos énfasis en la idea de lo “común” del sentido –es decir como extensión a otros, del sentido subjetivo que alguien puede dar a su síntoma.
Vale como ejemplo el Witz, que se sale, salta del sentido común que puede tener una palabra. Y, siguiendo un poco con este modelo, podemos apuntar lo que Freud dilucida como “el contra-sentido”, que se conjuga con la figuración por lo contrario, por lo que, alguien “miente cuando dice la verdad y dice la verdad con una mentira.”[7] (Freud, 1905). Esto es posible articular con la mentira -como ficción- que supone la manifestación del síntoma.
La cuestión de la tipicidad versus la singularidad, sigue teniendo actualidad. En nuestra sociedad encontramos diversos discursos, entre los que se cuenta a la psiquiatría, que se afanan en clasificar los más diversos síntomas –en el caso de esta última, en forma síndromes y trastornos- con la ambición de abarcar en esas clasificaciones, todas las variaciones posibles del sufrimiento humano, pero también sus estilos de vida, los goces. Se genera, de este modo, lo que Enrique Acuña llama “la enfermedad del sentido[8], haciendo alusión a la inagotable fuente productora de sentidos, que proponen tales discursos. En estos, hay quienes encuentran un alivio pasajero, al identificarse con la clase propuesta, pero es parcial en tanto que siempre habrá algo que no podrá ser incluido en alguna de ellas, puesto que excede.
Hasta acá hemos ido situando, en estos textos de Freud, lo que Miller  (1989) llama las “coordenadas cartesianas del síntoma”[9], plasmadas aquí, como el plano del sentido y su cuota de satisfacción. A continuación, seguiremos un poco más por esta última vía.
En la Conferencia 23, Los caminos de la formación de síntoma[10], Freud explica los síntomas, por un lado, como producto del conflicto entre “dos fuerzas que se han enemistado” y por otro, como una solución, en tanto que estas vuelven a coincidir o se reconcilian, por el compromiso de la formación de síntoma. De manera que el síntoma es tan resistente, porque “está sostenido desde ambos lados”.
Lo plantea entonces, como “el resultado de un conflicto, que se libra en torno de una nueva modalidad de la satisfacción pulsional”. Nueva en cuanto a su manifestación, pero no en cuanto a la satisfacción.
Se trata de una satisfacción paradojal, pues el sujeto no la siente como tal, sino que la experimenta como sufrimiento. Y el síntoma como solución, no sólo por el compromiso de fuerzas, sino también en tanto que, con él, el sujeto se las arregla para no angustiarse. Arreglo momentáneo por cierto, puesto que la angustia amenaza con regresar, no puede ser del todo recubierta –puede tomarse como ejemplo la fobia de Juanito.
Pero volvamos a esta Conferencia. Aquí, Freud da particular importancia en la formación de síntomas, a la fantasía, como realidad psíquica –la cual es decisivamente más importante- en oposición a la realidad fáctica. Plantea que “la libido rechazada, regresa” a los lugares de “fijación que ella ha dejado tras sí”, y vuelve en primera instancia, a las fantasías, en tanto soporte, por así decir, de “los objetos y orientaciones de la libido, resignados” –dice Freud- aunque no del todo resignados pues ellos o sus sustitutos “son retenidos en las representaciones de la fantasía”.
Le da gran peso a “la creación del reino de la fantasía”, y la compara con los “parques naturales, o reservas”, que son intocables, conservados a pesar de los reclamos de la cultura. El parque natural mantiene el “antiguo estado que en todos los otros lugares se sacrificó. (…) Ahí tiene permitido pulular y crecer todo lo que quiera hacerlo, aun lo inútil, hasta lo dañino”. E indica, que “la dicha de la fantasía, muestra su esencia de manera inequívoca”.
Miller sugiere considerar “lo traumático y lo fantasmático como dos modalidades de lo mismo: algo no se puede descartar” porque “ha sido efectivo en el pasado”.
Germán García, en Actualidad del trauma[11], toma la argumentación de Freud, del trauma en dos tiempos, y dice que un suceso cualquiera se vuelve traumático por función de la fantasía: “no hay fantasma sin trauma, sin acontecimiento que lo despierte”. “Lo traumático está ligado a la contingencia de un encuentro, a la sorpresa de que eso ocurra, y a su extrañeza, esa familiaridad inquietante con que se presenta siempre lo sexual”, es lo familiar que se vuelve extraño en el encuentro con un suceso exterior, y se vuelve traumático para el sujeto –dice- por su fantasía.
Miller (1996[12]) apunta, que para Freud “hay un corazón de real en el fantasma (…), queda siempre un resto de goce, que llama fijación, que no obedece ni a las exigencias de la realidad, ni al principio del placer –entendido este como reducción de tensiones”. Y dice de la distinción que hace Freud acerca de las regresiones, que podrían leerse como una regresión al fantasma y, más allá, la regresión a la fijación.
Entonces, la fantasía sería un punto “intermedio”, dice Freud, en el camino de la formación de síntoma. Sólo cuando tales fantasías exigen su realización, son reprimidas, “atraídas a lo inconciente” y a partir de allí “la libido migra hasta sus propios lugares de fijación”.
Freud termina la Conferencia 23, considerando “un aspecto de la vida de la fantasía” que es el arte, “como un camino de regreso de la fantasía a la realidad”. Plantea que el artista “se extraña de la realidad y trasfiere su libido, a las formaciones de deseo de su vida fantaseada”, desde las cuales se abre un camino de regreso a la realidad, y “alcanza por su fantasía lo que antes lograba sólo en ella”.
Entonces, para concluir, podemos señalar que en estos textos tomados, la formulación freudiana, plantea un movimiento del sentido y la fantasía, a la fijación, y la posibilidad de “retorno a la realidad externa”, apuntando a la posibilidad de creación -Dice Miller-.
Con la enseñanza de Lacan, podemos “pensar el síntoma sin el conflicto, a pesar del sufrimiento, privilegiando lo real de la satisfacción”, y orientando la cura hacia la eventual invención, creación de un nuevo sentido (una nueva regla) que vale sólo para un analizante.


Notas Bibliográficas:
[1] Freud, Sigmund. Observación de un caso severo de hemianestesia en un varón histérico. Ob. Comp. Vol 1. Amorrortu editores.
[2] Freud, Sigmund. Presentación autobiográfica. 1925 (1924). Ob. Comp. Vol 20. Amorrortu editores
[3] Tomado de: Freud, Sigmund. Presentación autobiográfica. Op. Cit.
[4] Freud, Sigmund. Fragmento de análisis de un caso de histeria (Dora).1905 (1901). Ob. Comp. Vol 7. Amorrortu editores.
[5] Freud, Sigmund. Tres ensayos de teoría sexual .1905. Ob. Comp. Vol 7. Amorrortu editores.
[6] Freud, Sigmund. Conferencias de introducción al psicoanálisis. “Nº 17. El sentido de los síntomas”. 1917. Ob. Comp. Vol 16. Amorrortu editores.
[7] Freud, Sigmund. El chiste y su relación con lo inconciente. 1905. Ob. Comp. Amorrortu editores.
[8] Acuña, Enrique. Amar su más allá –una lectura de “la ciencia y la verdad”. Resumen de la clase del curso anual de E. Acuña, “De la insistencia a la existencia”, del 16/09/2009, en la APLP, desgrabada por Sebastián Ferrante. Publicado en: Microscopía, año 8 Nº 86, octubre de 2009.
[9] Miller, Jacques – Alain y otros. Reflexiones sobre la envoltura formal del síntoma.  Ed. Manantial. Buenos Aires. 1989
[10] Freud, Sigmund. Conferencias de introducción al psicoanálisis. “Nº 23. Los caminos de la formación de síntoma. 1917. Ob. Comp. Vol 16. Amorrortu editores.
[11] García, Germán. Actualidad del trauma.
[12] Miller, Jacques – Alain. Seminario de Barcelona, sobre “Los caminos de la formación de síntoma”. (1996). En Revista: Freudiana Nº19. 1997.

No hay comentarios: